El río de las voces perdidas
19 de marzo de 2025
En el valle de Las Lágrimas Verdes, el tiempo no corría como en otros lugares. Las estaciones se medían por el color del río Itzel: verde esmeralda en abril, cuando las lluvias arrastraban el polen de los guayacanes; ámbar oscuro en octubre, mientras yehhuantzihtzin kokoltin contaban historias junto a las fogatas. Pero aquel año, el Itzel se había vuelto opaco, como si una mano gigante hubiera apagado su luz desde dentro.
Ameyal regresó al valle un martes de ceniza. La cicatriz en su costado, —un regalo de la policía durante una protesta en la ciudad— aún le dolía al respirar hondo. En su maleta, junto al diploma en Antropología, guardaba una foto de su madre muerta, una bolsa con semillas de maíz azul y un cuaderno forrado con tela de huipil. Lo abrió la primera noche, frente al río, y escribió: "El Itzel ya no canta. Solo susurra".
Su abuela Zeltzin, la última partera del valle, la recibió con un silencio que pesaba más que las piedras. Le entregó un collar de cuentas de jade y señaló hacia la montaña donde alguna vez creció el bosque sagrado:
—Los de la minera dicen que este valle no tiene dueño. Entienden que la tierra se posee: no que se habla.
Ameyal recordó entonces las palabras de su madre, años atrás, cuando le enseñó a tejer con hilos de agave: "Siendo como el viento: nacimos para llevar las historias a donde nadie las escucha". Sin embargo, en la ciudad, sus compañeros de universidad se burlaban de su acento, y los libros que leía hablaban de "progreso" como un dios hambriento.
Una semana después de su regreso, Zeltzin la llevó a la Cueva de los Murmullos, un lugar prohibido para los niños. Allí, entre estalactitas que goteaban lentamente, la anciana encendió una vela de cera de abeja y le mostró una grieta en la pared:
—Aquí están las palabras que tu bisabuelo escondió. Los hacendados quemaron nuestros códices, pero olvidaron que la memoria también se guarda en la tierra.
Ameyal introdujo la mano en la grieta y sacó un rollo de piel de venado. Al desplegarlo, vio dibujos de guerreros-jaguar, mujeres danzando con serpientes y un río que fluía hacia el cielo. Las explicaciones estaban escritas en náhuatl, y en un español antiguo, salpicado de palabras que ya nadie usaba.
Esa noche, el Itzel se tiñó de rojo. Las aguas rugieron como un animal herido y, entre las olas, aparecieron rostros. Ameyal reconoció a su madre, joven y sonriente, cargando un canasto lleno de flores de cempasúchil. Junto a ella, decenas de sombras repetían frases en coro:
—Arrancarán los nombres, pero no nuestras raíces.
El río es un puente entre los vivos y los que se fueron. Por eso los de la minera quieren secarlo: para que olvidemos quiénes somos, explicaba Zeltzin de pie en la orilla.
Al amanecer, llegaron las máquinas. Los ingenieros, con sus chalecos amarillos y tablets en mano, midieron el valle sin mirar a los ojos de nadie. Ameyal intentó hablarles, pero el gerente —un hombre de piel pálida y sonrisa fría— le dijo que "el desarrollo no se detiene por supersticiones".
Esa tarde, mientras los tractores cavaban zanjas, Ameyal reunió a los jóvenes del pueblo. En la plaza, bajo la sombra de un ahuehuete milenario, les leyó fragmentos del manuscrito. Algunos se rieron al principio, pero cuando mencionó que bajo el río yacía Tloque Nahuaque —un mundo donde los muertos sembraban maíz junto a los vivos—, el silencio se hizo denso.
—Si destruyen el Itzel —dijo—, no solo perderemos el agua. Perderemos las voces que nos enseñaron a resistir.
La noche de la ceremonia, cientos de velas iluminaron el río. Quemaron copal, ofrendaron tamales envueltos en hojas de plátano y entonaron cantos en náhuatl. Ameyal, con las manos temblorosas, arrojó al agua una página del manuscrito. El Itzel respondió con un remolino que dibujó en el aire símbolos luminosos: una espiral, un jaguar, un corazón atravesado por un río.
Al día siguiente, las máquinas amanecieron cubiertas de lodo seco. Los ingenieros maldecían en inglés mientras intentaban reiniciar las computadoras, cuyas pantallas mostraban un mensaje en náhuatl: "Kemach tiyoltis" (No nos moverán).
El valle se salvó, pero el precio fue alto. El Itzel perdió su color verde y se volvió transparente, como un espejo vacío. Los turistas llegaban en buses climatizados, tomaban selfies y compraban artesanías hechas en fábricas lejanas. Zeltzin murió en diciembre, llevándose consigo los secretos de las hierbas medicinales.
Una mañana, mientras Ameyal empacaba las notas de su abuela, encontró un mapa dibujado en el reverso del manuscrito. Marcaba rutas hacia otros valles, montañas y pueblos donde el río Itzel tenía otros nombres: Yakuruna en la selva peruana, Baba en Nigeria, Misi-ziibi en tierras lakota. En cada lugar, una comunidad luchaba contra el mismo monstruo con distintas máscaras.
Ameyal llenó su mochila con el cuaderno de campo, un puñado de semillas y el frasco con la última gota de agua jade del Itzel. Antes de partir, visitó la cueva y raspó con un cuchillo una frase en la pared:
—Las raíces viajan cuando la tierra las ahoga.
Caminó durante días hasta llegar a la carretera. Desde allí, viajó en camiones destartalados, barcas pesqueras y trenes nocturnos. En cada pueblo donde se detenía, compartía las historias del manuscrito y recogía nuevas voces: relatos de mineros bolivianos, tejedoras mapuches, niños sirios que dibujaban ríos en cuadernos con lápices rotos.
Años después, en un albergue cerca de la frontera de Estados Unidos, una niña le preguntó:
—¿Y tú de dónde eres?
Ameyal miró el frasco que colgaba de su cuello. Dentro, el agua verde brillaba como una luciérnaga.
—Soy de todas partes —respondió—. Y mi hogar es cualquier lugar donde el río aún tenga memoria.
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